PARA EL ESTUDIO, COMPRENSIÓN Y DIVULGACIÓN DEL CONOCIMIENTO ESPIRITUAL Y LOS PROCESOS DE LA MUERTE

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viernes, 17 de junio de 2011

RESPUESTA A LA PÉRDIDA DE UN SER QUERIDO

FACTORES QUE DETERMINAN LA RESPUESTA A LA PÉRDIDA DE UN SER QUERIDO

Las reacciones a la pérdida de un ser querido varían grandemente entre las personas y entre uno mismo según la edad que uno tiene y las circunstancias en las que se encuentra cuando tiene esta perdida; esto explica, al menos en parte, las diferencias que uno observa en las reacciones de las personas. Y es que hay muchas cosas que influyen en lo que sentimos ante esta tragedia. Por ello, lo que “observamos” en otros tras la muerte de un ser querido no es un buen “elemento” para juzgar la intensidad de su reacción. Hay muchas otras cosas.

Se han identificado varios elementos que explican la diferencia de reacciones que tienen las personas en el caso de pérdida de seres queridos y que es bueno conocer y tener en cuenta antes de “juzgar” a otros por sus reacciones:

1. Nivel de apego al ser querido fallecido
2. Características de la muerte
3. La personalidad que uno tenga
4. Participación en el cuidado del paciente
5. La duración de la enfermedad
6. Disponibilidad de Apoyo social-familiar
7. Nivel de comunicación entre nosotros y nuestros familiares o amigos y viceversa
8. Crisis concurrentes (problemas que suceden al mismo tiempo)

1. Nivel de apego al ser querido fallecido
Es un primer factor de enorme importancia para explicar el dolor y la tragedia que sentimos por la pérdida del ser querido. El nivel de apego hace referencia a la intensidad y calidad de la relación que se tenía con la persona fallecida. Esto puede explicar, por ejemplo, el que no se sienta lo mismo por la muerte de un hermano con el que se convive a diario, que a la vez era un amigo, compañero, confidente, que perder a ese mismo hermano pero que vive en otro país lejano hace muchos años y del que no tenemos noticias sino cada 2 o 3 años; de igual forma, no es lo mismo perder a una tía que era nuestra segunda madre que a aquella tía que vive en otra ciudad y de la cual tenemos noticias cada 2-3 meses. Los que tienen varios hijos se habrán dado cuenta que hay unos más apegados que otros, y los que son muchos hermanos se habrán dado cuenta que hay unos muy apegados a los padres y otros que hay que estar llamado para poderlos ver.

La respuesta a la pérdida no es dictada solamente por el nivel o grado de parentesco; es decir, no es legítimo ni justo decir que nos dolerá más la pérdida de un hijo que de un hermano o de una madre que la de un esposo. No disponemos de un “parientómetro” para calibrar esta respuesta, pero si sabemos que la intensidad de la respuesta depende más del nivel de apego que del grado de consanguinidad.

2. Características de la muerte
Sabemos que las muertes súbitas (por enfermedad aguda –popularmente conocida como muerte “de repente”-, violencia o accidente), a diferencia de las muertes “anticipadas” (anunciadas o avisadas por una enfermedad largamente conocida como el cáncer, SIDA, de los riñones, del hígado, del corazón, etc.), no es que duelan más como popularmente se cree (pues tampoco disponemos de un “dolorómetro” para calibrar eso), pero si trastornan, desbaratan o destruyen más nuestro mundo tal cual lo concebíamos antes que aquellas muertes anticipadas que si permiten cierto tipo de adaptación o preparación. A veces es tal el grado de shock, de aturdimiento y de trastorno inicial que puede darse una respuesta temporal “plana”, como “de no sentir nada”, de estar “bloqueado” o “pasmado” como popularmente se le llama a esta anestesia emocional temporal producto del estado de shock inicial y que, como el nombre lo dice, sólo será temporal, de unos días.

3. La personalidad que uno tenga
Todos poseemos personalidades distintas, distintos miedos y distintas formas de reaccionar ante sucesos angustiantes. En este sentido, todo duelo es único y no hay dos duelos iguales; es más, nuestra respuesta puede no ser la misma ante diferentes pérdidas. Por otra parte, y aunque se trate de estereotipos, los hombres y las mujeres tenemos tendencias diferentes a la hora de expresar y enfrentar el dolor por la muerte de un ser querido; aunque estos patrones de respuesta no son exclusivos, es decir, hay mujeres con tendencia a responder con estilos más masculinos y hombres con tendencias a responder con estilos más femeninos, si que suelen apreciarse estas tendencias, especialmente ante la pérdida de un hijo, la viudez o la pérdida de uno de los padres.

En los hombres se conoce un patrón de respuesta más o menos bien extendido y definido como el modelo “Macho Man” por los estadounidenses: control de la expresión emocional para mantener a la imagen pública de fuerza y control, es competidor, protector, solucionador de todos los problemas, regulador de sus emociones y autosuficiente. El hecho de que apreciemos "tendencias" diferentes entre hombres y mujeres para afrontar las pérdidas es, realmente, afortunado, ya que esto nos da la opción de "aprender" unos de otros, de complementar, de aumentar nuestro arsenal para afrontar el dolor; en una palabra, de "globalizar" nuestras respuestas: si los hombres tienen estrategias que son útiles (y que las mujeres no suelen usar), y las mujeres las suyas (que los hombres no suelen usar), nuestra mejor elección ante una pérdida debe ser elegir, indudablemente, ambos tipos de respuestas.

Entender estas diferencias es importante especialmente en caso de la muerte de un hijo: “no es que el otro no sienta o que uno de ellos sienta más que el otro; la respuesta correcta es que ambos pueden responder con estilos diferentes, y esto no significa que sientan diferente”.

4. Participación en el cuidado del paciente
Si la persona estuvo enferma días o meses antes de morir, y nosotros tuvimos la oportunidad de ayudarle o acompañarle durante la enfermedad, nuestra reacción ante su muerte (muerte que probablemente ya esperábamos) puede llegar a ser menos intensa de lo que esperábamos (aunque no necesariamente) pues al menos nos queda el sentimiento de “gratitud” (no de felicidad) de haber hecho algo por ella, de haber hecho que sus últimas días fuesen lo menos angustiantes posibles que hubiesen sido sin nuestra presencia; desde luego no pudimos “morirnos por ella” ni “curarles de su muerte”, pero si hicimos que sus últimos días fuesen lo menos angustiantes posibles gracias a nuestra presencia, con todos los errores que hayamos podido comer en unos cuidados tan exigentes, agotadores y angustiantes.

5. La duración de la enfermedad
Es un factor importante que puede afectar nuestra reacción a la muerte del ser querido: si la enfermedad que condujo a la muerte fue muy larga (en general, mayor de 12 meses) es probable que afecte nuestra reacción de duelo en un sentido negativo, es decir, podrá sernos más difícil o más lento el recuperarnos; esto se debe, al menos en parte, al agotamiento a que condujo un cuidado de enfermedad tan largo; aquellos que han cuidado de un familiar con una enfermedad terminal muy bien saben de lo agotador y extenuante que es el cuidado continuado en estos casos (agotamiento físico, psíquico, familiar, económico, afectivo, etc.); en ocasiones puede darse una respuesta temporal “plana”, de “no sentir nada”, muy semejante a estar “bloqueado”, simplemente por puro agotamiento. Entre 6 y 12 meses de duración, es probable que no sea muy importante el efecto sobre el proceso de recuperación tras la pérdida. Menos de 6 meses se relacionan con un buen resultado del duelo; es decir, puede sernos “útil” ese cuidado para nuestro proceso de recuperación pues al menos nos que ese sentimiento de gratitud de “haber cumplido con una difícil tarea”.

6. Disponibilidad de Apoyo social-familiar
En general, para recuperarnos de la pérdida de un ser querido solemos recurrir a dos tipos de recursos:

a. Recursos Internos: En primer lugar están nuestros recursos internos, los de nuestra personalidad, de nuestro saber, de nuestra experiencia, de nuestra edad.
b. Recursos Externos: En segundo lugar están los recursos externos, aquellos que vienen de otros, sean personas, entidades o grupos.

Es decir, la primera es haciéndolo uno solo, sin ayuda de nadie, y la segunda, es haciéndolo con la ayuda de otros. Debido a que el duelo es un proceso muy dinámico, es decir, nos estaremos moviendo de un extremo al otro según nuestras necesidades particulares en un momento determinado, no siempre la ayuda será necesaria ni la ayuda necesaria será siempre la misma.

El proceso de recuperación puede llegar a ser tan difícil que hacerlo solos puede ser menos que imposible; por ello, lo más aconsejable es permitir que otros nos ayuden en mayor o menor medida en este difícil proceso y según nuestras necesidades en un momento determinado. Habrá personas, como los niños o familiares con algún grado de retraso mental -cuyos recursos internos son más escasos- que precisarán mayormente de nosotros (como su recurso externo) para su proceso de recuperación. Ciertamente si el superviviente tiene poco o ningún apoyo social o familiar, o lo percibe como insuficiente, el proceso de recuperación puede llegar a ser muy difícil.

La experiencia clínica en el trabajo con deudos nos muestra que uno de los factores más importante para la recuperación de la pérdida de un ser querido, quizá el que más, es la presencia de otro ser humano cerca de nosotros, acompañándonos en ese difícil camino de la recuperación.

7. Nivel de comunicación entre nosotros y nuestros familiares o amigos y viceversa:
Uno de los factores que más modifica la expresión del dolor tras la pérdida de un ser querido, y uno de los factores que más trabas nos pone en el proceso de recuperación, es el trastorno en la comunicación que la muerte produce entre nosotros, nuestros familiares, amigos y viceversa: una reacción frecuente que tenemos cuando perdemos un ser querido es la de no “mostrarle” a otros nuestra angustia para de esta forma no angustiarles, y los otros hacen lo mismo: no se angustian para no angustiarnos. Así, no es raro escuchar frases como:

“Espero a que todos se vayan y me pongo a llorar sola/o”; “lloro en las noches debajo de las cobijas”; ”lloro mientras me estoy duchando”; ”me encierro en un armario a llorar para no molestar a los demás”; salgo a la calle a llorar y, si vuelo con los ojos rojos, digo que fue que un coche me echó arenilla y tengo una conjuntivitis aguda” (y todos “inocentemente” nos creemos lo de la conjuntivitis), o, como nos contaba una señora a la que le preguntábamos si la dejaban llorar en su casa: “si doctor, a mí si me dejan llorar en casa: ¡que bien! y, ¿como es eso? Ah, doctor, estoy en medio de la sala, con mis doce hijos, mis nueras, mis yernos, mis nietos…, somos como sesenta personas, y empiezo a llorar, ¡y todos se van, como si tuviera una enfermedad contagiosa!, y me dejan sola en medio de la sala rodeada de sesenta personas”.

De esta forma, la familia en lugar de cerrarse sobre sí misma se dispersa y cada uno se aflige a su manera. Con esta actitud, lo único que logramos es “construir” un muro entre ellos y nosotros, una barrera a través de la cual “pasan algunas cosas y otras no”, perdiendo de esta forma la más valiosa herramienta para poder recuperarnos: una buena comunicación, un “espacio”, unas personas con las que podemos llorar y hablar libremente de la muerte, el dolor, la ausencia, la angustia, la falta que nos hace, etc. En otras palabras, perdemos una de las funciones de la familia más importantes, la del apoyo y soporte mutuo.

8. Crisis concurrentes (problemas que suceden al mismo tiempo):
Debido a que el proceso de recuperación tras la pérdida del ser querido exige el consumo de energía emocional y física de proporciones inusuales, otras crisis coincidentes (previas o nuevas), en un momento en que se dispone de muy poca, la recuperación puede ser bloqueada o aplazada para otro momento. Así, es comprensible que una persona que pierde un ser querido y presente una o varias crisis concurrentes (problemas económicos diversos, enfermedad grave en la propia persona o en otro familiar, cirugía pendiente, desplazamiento forzado, etc.) no siga expresando lo mismo que venía expresando o no cumpla con las expectativas de otros respecto a sus manifestaciones de dolor.

Como puede verse, existen muchos factores que modifican lo que expresamos cuando perdemos un ser querido y que nos ayudan a entender el por qué las personas responden de una manera u otra; por ello, es muy sano y sensato abstenerse de emitir juicios de valor respecto al por qué una persona lo hace de una u otra manera sin antes conocer o entender la complejidad de la respuesta y las múltiples variables que pueden intervenir para explicar su forma de manifestarse ante el dolor.

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