PARA EL ESTUDIO, COMPRENSIÓN Y DIVULGACIÓN DEL CONOCIMIENTO ESPIRITUAL Y LOS PROCESOS DE LA MUERTE

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¿DÓNDE ESTÁ LA VERDAD SINO EN TU PROPIO CORAZÓN?

martes, 28 de diciembre de 2010

LAS PEQUEÑAS SEÑALES QUE NOS AYUDAN A SEGUIR (1)


Era una mañana de otoño en 1971, poco después que mi familia se mudó a nuestra primera casa. Los niños estaban arriba desempacando, y yo miraba por la ventana a mi padre, que se movía misteriosamente en el patio delantero.


Mis padres vivían cerca, y papá ya nos había visitado varias veces.

— ¿Qué haces allá afuera? —le dije.
Sonriendo, levantó la mirada.

—Te estoy preparando una sorpresa.

Me pregunté qué tipo de sorpresa. Conociendo a mi padre, una persona alegre y carismática, podía esperar cualquier cosa. Pero papá no dijo más, y como yo estaba entretenida en los asuntos de nuestra nueva casa, me olvidé de la famosa sorpresa.

Hasta un crudo día de marzo en el que nuevamente miré por la ventana. Afuera estaba nublado. Pequeños montones de nieve sucia aún permanecían en el patio, mientras que botas y mitones húmedos llenaban nuestros clósets.


Siempre había odiado los inviernos de Chicago. ¿Acaso este terminaría alguna vez? Sin embargo, ¿era un espejismo? Me esforcé por ver lo que pensé que era algo rosa que se asomaba milagrosamente desde un montón de nieve. ¿Y qué era ese punto azul frente al patio, una pequeña nota de optimismo en ese momento? Tomé mi abrigo y salí para ver más claramente.

Eran azafranes, que no marchaban ordenadamente por la orilla de la casa (lo cual nunca podría haber visto desde la ventana), sino esparcidos al azar por todo el patio. Lavanda, azul, amarillo, y mi favorito, rosa. Pequeñas caras surgiendo en el viento, significaron la esperanza que casi había perdido.

¿Ves?, parecían decir. Has sobrevivido el largo y oscuro invierno. Y si aguantas un poco más, la vida será bella de nuevo.

“Papá…”. Sonreí, recordando los bulbos que había plantado en secreto el otoño anterior. Nada podía haber estado planeado más perfectamente, más enfocado a mis necesidades. Bendito sea, no solamente por las flores, sino por él.

Los azafranes de mi padre florecieron cada primavera durante las siguientes temporadas, trayendo consigo ese mismo sentimiento cada vez que llegaban: los tiempos difíciles están casi terminados, viene la luz, aguanta, resiste… Y de pronto, aparentemente, los bulbos no pudieron reproducirse más. Hubo una primavera que llegó con solamente la mitad de los bulbos usuales.

La siguiente temporada, cerca de 1979, no hubo ni uno solo. Extrañé los azafranes, pero mi vida estaba más ocupada que nunca, y nunca había sido una gran jardinera. Le pediré a papá que venga a plantar nuevos bulbos, pensé. Pero nunca lo hice.

Nuestro padre murió repentinamente, en un bello día de octubre de 1985. Sufrimos intensa, profunda, pero limpiamente, porque no había asuntos sin terminar, remordimientos o culpa. Siempre habíamos sido una familia llena de fe, y nos sostuvimos en ella en ese momento. Por supuesto que papá está en el Cielo. ¿A dónde más iría una persona tan amada?

El era todavía parte de nosotros. De hecho, probablemente podría hacer más por su familia ahora que se encontraba más cerca de Dios. Y si dudaba, solamente un poco, en la tranquila oscuridad de mi habitación, si involuntariamente cuestioné lo que la religión me había enseñando (la fe de pronto parecía demandar más valentía de la que podía reunir), nadie más se enteró. Sufrimos. Manejamos nuestro dolor. Nos reímos y lloramos juntos. La vida continuó.

Pasaron cuatro años, y en un triste día de la primavera de 1989, me encontré haciendo varios mandados y sintiéndome deprimida. Residuos del invierno, me dije a mí misma. Te dan cada primavera. Es química. Tal vez. Pero también era algo más. Una vez más me encontré pensando en papá. Esto no era inusual; hablábamos de él con frecuencia, recordando y disfrutando nuestras reminiscencias.


Pero esa vez en el auto, surgió mi vieja y nunca mencionada preocupación. ¿Cómo estaba él? Y aun cuando no me gustaba preguntármelo, ¿en dónde estaría? “Yo sé que sé, lo sé”, le dije a Dios en el familiar lenguaje que uso con frecuencia. Pero ¿Tú crees que me podrías mandar un signo, solamente algo pequeño, de que papá está seguro en casa contigo?

Inmediatamente me sentí culpable. Dios había sido muy bueno conmigo, y no tenía derecho de esperar algo a cambio. Pero algunas veces, me dije al entrar al estacionamiento de la casa, la fe es tan dura. De pronto bajé la velocidad, me detuve y miré al patio. Pequeños montones grises de nieve derretida. Pasto lodoso. Y ahí, enfrentando valerosamente al viento, un azafrán rosa. Espera, sigue, la luz viene pronto…

No había manera, lo sabía, de que una flor pudiera salir de un bulbo de más de 18 años que no había florecido en una década. Pero ahí estaba el azafrán, como un abrazo desde el cielo, y mis ojos se llenaron de lágrimas. Dios había escuchado. Y Él me amaba tanto que había mandado la seguridad que yo necesitaba de manera tierna y personal, para que no hubiera duda.
El azafrán rosa floreció solamente por un día. El 14 de abril. Cumpleaños de mi padre. Pero yo construí mi fe por toda una vida.

Extraído de “Aprendiendo a decir adiós” M. Rittner

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